Pintura neoclásica
Es en la pintura donde hubo más dificultad para llegar a una estética neoclásica. Una de las razones fue la escasez de modelos antiguos, pues eran pocos los ejemplos de pintura que sacaban a la luz las excavaciones. Por ello fueron las decoraciones de los vasos de cerámica y los bajorrelieves casi las únicas referencias al alcance de los artistas. Cuando el teórico y pintor Anton Rafael Mengs (1728-1779) quiso llevar las teorías neoclásicas a la pintura, creó en el techo de una de las estancias de la Villa Albani de Roma lo que podría considerarse un manifiesto de este recien nacido clasicismo. En su Parnaso (1761) renunció a los efectos coloristas o de composición propios del Barroco, para realizar una pintura en la que sobresalía la simetría y la razón y se aunaban la perfección de las formas de la escultura antigua con los valores de la pintura de Rafael. El resultado es una obra fría, sin profundidad, conscientemente distante, que recuerda los relieves antiguos.
La arqueología dio lugar a pinturas que seguían los ejemplos de la antigüedad; Joseph M. Vien (1716-1809) se sirvió de un mural de Herculano, que había conocido a través de las publicaciones dedicadas a las excavaciones, para su Venta de Cupidos (1763, Château de Fontainebleau). Pero también se produjo una vuelta a los tradicionales maestros de la pintura Rafael, Correggio, Carracci o Poussin. Todo ello generó una pintura en cierto modo ecléctica que pretendió prescindir de todo detalle superfluo para destacar la importancia del tema; iste es lo fundamental en la pintura neoclásica porque estaba destinada a regenerar la sociedad mostrando las virtudes ciudadanas que se interpretaban a través de temas sacados de la literatura clásica.
Jacques Louis David (1748-1825) plasmó en sus cuadros la estética neoclásica. Obras como Belisario recibiendo limosnas (1780) y el fundamental Juramento de los Horacios (1784, París, Louvre) plantean un espacio preciso en el que los personajes se sitúan en un primer plano; el predomina del dibujo, la ausencia de ornamentación, la luz fría y los detalles arqueológicos completan un conjunto que define el gusto neoclásico. Los temas de los cuadros hacen alusión a hechos heróicos y aleccionadores, aunque no forzosamente debían ser antiguos; Jean-Baptista Greuze (1725-1805) ensalzó las virtudes domésticas con escenas ambientadas en la sociedad rural, como Novia de aldea (1761, París, Louvre) o El hijo pródigo (1778, París, Louvre). También tenían cabida los temas sacados de la historia contemporánea como hizo Benjamin West (1737-1820) en La muerte del Capitán Wolfe (1770, Ottawa, National Gallery of Canada). En años posteriores Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867) fundió en su pintura todas estas propuestas para realizar obras de gran fuerza decorativa.
Dentro del eclecticismo existente también aparecen artistas que muestran interés por reflejar mundos más irreales y fantásticos, salidos del inconsciente y alejados de la razón. En este grupo están William Blake (1757-1827), que en dibujos e ilustraciones para libros creó un mundo irreal de escenas lineales y curvilíneas, o Henry Fuseli (1741-1825), que muestra los estrechos límites que le separan del Romanticismo.