Naylamp
Dice la leyenda que fue Naylamp, un ser mitológico del antiguo Perú que vino del mar, el que trajo la civilización a estas tierras.
Naylamp y su séquito construyeron el templo a "Chot" (Huaca Chotuna) y en él colocaron un ídolo de jade verde al que llamaron "Llampayec". De allí provendría el nombre de Lambayeque. También cuenta la leyenda que el sucesor de Naylamp fue Tempellec, quien quiso cambiar de sitio el ídolo y como castigo divino, hubo un gran diluvio. Verdad o mito, lo cierto es que Lambayeque es una de las últimas ciudades mágicas donde la realidad y la fantasía se mezclan con tal armonía que es difícil saber dónde acaba una y donde comienza la otra; su milenaria historia nos permite, aún en estos tiempos de burlona sonrisa de los escépticos, adentrarnos en el misterio de una sesión de curandería y pasar como si nada a una turbadora comilona en la que impera la chicha, la papa, el ají y el maíz y en general, la Gastronomía peruana. Y el asombro continúa entre verdes campos, poéticas caletas, sinuosos desiertos y el mar majestuoso y soberbio por el que vino Naylamp.
Pero no sólo es la leyenda quien nos cuenta de esta magia. Con su máscara de oro, su séquito de sacerdotes y esclavos y hasta sus animales preferidos, vino desde otros tiempos "el Señor de Sipán" a contarnos la historia de su pueblo. Y este hallazgo arqueológico llegó a ser considerado el más importante del siglo.
Existen muchos testimonios culturales en Lambayeque, baste mencionar los provenientes de las Cultura Mochica y Chimú, los mayores ceramistas y orfebres de la época precolombina. Y actualmente, el museo Bruning con su idolito de ojos rasgados, el excelente sabor de sus peces y mariscos, los caballitos de totora en la playa Santa Rosa, la alegría de las fiestas, el ritmo del tondero y la marinera, el arte del trabajo en paja de Monsefú, el reservorio de Tinajones y el pueblo fantasma de Zaña.
Lambayeque merece que conozcamos su realidad geográfica y cultural, y que la recorramos con curiosidad, con interés y con respeto.
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