Francisco de Goya
Francisco José de Goya y Lucientes (30 de marzo de 1746 - 15 de abril de 1828) fue un pintor y grabador español. Nació en Fuendetodos, Zaragoza y luego vivió principalmente en Madrid.
Marcado por la obra de Velázquez, habría de influir, a su vez, en
Edouard Manet, Pablo Ruiz Picasso y gran parte de la pintura
contemporánea.
Formado en un ambiente artístico rococó, evolucionó hacia un estilo
personal y pintó cuadros que, como el famoso El 3 de mayo de 1808 en
Madrid: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío (1814, Museo
del Prado, Madrid), se cuentan entre las grandes obras maestras de la
historia del arte.
Goya nació en la pequeña localidad aragonesa de Fuendetodos (cerca de
Zaragoza) el 30 de marzo de 1746. Su padre era pintor y dorador de
retablos y su madre descendía de una familia de la pequeña nobleza de
Aragón.
Poco se sabe de su niñez. Asistió a las Escuelas Pías de Zaragoza y
comenzó su formación artística a los 14 años, edad a la que entró como
aprendiz en el taller de José Luzán, pintor local competente aunque
poco conocido, donde Goya pasó casi cuatro años.
En 1763 el joven artista viajó a Madrid con la esperanza de ganar una
beca de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, ayuda que no
conseguiría ni en esta ocasión ni en 1766, año en que lo intentó de
nuevo.
En la capital de España trabó amistad con otro artista aragonés,
Francisco Bayeu, pintor de la corte que trabajaba en el estilo
académico introducido en España por el pintor alemán Anton Raphael
Mengs.
Bayeu (con cuya hermana, Josefa, habría de casarse en 1774) tuvo una
enorme influencia en la formación temprana de Goya y a él se debe que
participara en un encargo importante, los frescos de la bóveda de la
basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza (1772, 1780-1782), y
que se instalara más tarde en la corte.
A finales de 1769 Goya parte hacia Italia, donde permaneció
aproximadamente hasta junio de 1771. Su actividad durante esa época es
relativamente desconocida; se sabe que pasó algunos meses en Roma y
visitó Venecia, Bolonia, Génova, Módena y Ferrara, entre otras
ciudades.
En mayo de 1771, se presentó a un concurso convocado por la Real
Academia de Parma, en el que obtuvo una mención del jurado.
A su vuelta a España, se instaló en Zaragoza, donde realizó los
frescos de la bóveda del coreto de la basílica de la Virgen del Pilar
y las pinturas murales del oratorio del palacio de Sobradiel (1772).
De 1774 son las pinturas al óleo sobre muro de la iglesia de la
cartuja de Aula Dei, cerca de Zaragoza, que ya anticipan el estilo que
desarrollará en los magníficos frescos de la ermita de San Antonio de
la Florida en Madrid, en 1798. En esta última fecha comenzó a hacer
grabados a partir de la obra de Velázquez que, junto con la de
Rembrandt, sería su principal fuente de inspiración durante toda su
vida.
Hacia enero de 1775 Goya se instaló definitivamente en Madrid en casa
de su cuñado, Francisco Bayeu, y comenzó a trabajar para la Real
Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Los cartones que realizó desde
esa fecha hasta 1792 fueron muy apreciados por la visión fresca y
amable que ofrecían de la vida cotidiana española. Con ellos
revolucionó la industria del tapiz que, hasta ese momento, se había
limitado a reproducir fielmente escenas del pintor flamenco del siglo
XVII David Teniers. La mayor parte de ellos se conservan en el Museo
del Prado, como El quitasol (1777), La gallina ciega (1787) y La boda
(1791-1792).
Entre 1780 y 1782, pintó en el Pilar de Zaragoza la bóveda Regina
Martyrum, una extraordinaria obra en la que da rienda suelta a su
genio pese a la censura de Bayeu y el disgusto de los miembros del
cabildo.
En 1789 fue nombrado pintor de cámara por Carlos IV y en 1799 ascendió
a primer pintor de cámara junto a Mariano Maella. Goya disfrutó de una
posición privilegiada en la corte, hecho que determinó que el Museo
del Prado de Madrid heredara una parte muy importante de sus obras,
entre las que se incluyen los retratos oficiales y los cuadros de tema
histórico. Estos últimos se basan en su experiencia personal durante
la guerra de la Independencia española (1808-1814) y trascienden la
representación patriótica y heroica para crear una salvaje denuncia de
la crueldad humana.
Algunos de los retratos más hermosos que realizó de sus amigos, de
personajes de la corte y de la nobleza datan de la década de 1780.
Entre ellos se encuentran obras como Carlos III, cazador (1786-1788),
Los duques de Osuna y sus hijos (1788), ambos en el Museo del Prado de
Madrid, o el cuadro la Marquesa de Pontejos (c. 1786, Galería
Nacional, Washington); en todos ellos emplea una paleta de colores muy
luminosa y un estilo heredero de la pintura Velázquez.
Dos de sus cuadros más famosos, obras maestras del Prado, son La maja
desnuda (1800-1803) y La maja vestida (1800-1803). Del año 1800 son
también La condesa de Chinchón (colección particular), uno de los
retratos más hermosos y delicados de la historia del arte, y La
familia de Carlos IV (Museo del Prado), donde se muestra a la familia
real con una sencillez y honestidad muy apartadas de la habitual
idealización.
En el invierno de 1792, durante una visita al sur de España, Goya
contrajo una grave enfermedad que le dejó totalmente sordo y marcó un
punto de inflexión en su expresión artística.
Entre 1797 y 1799 dibujó y grabó al aguafuerte la primera de sus
grandes series de grabados, Los caprichos, en los que, con profunda
ironía, satiriza los defectos sociales y las supersticiones de la
época.
Series posteriores, como Los desastres de la guerra (Fatales
consecuencias de la sangrienta guerra en España con Bonaparte y otros
caprichos enfáticos, 1810) y Los disparates (1820-1823), presentan
comentarios aún más cáusticos sobre los males y locuras de la
humanidad.
Los horrores de la guerra dejaron una profunda huella en Goya, que
contempló personalmente las batallas entre soldados franceses y
ciudadanos españoles durante los años de la ocupación napoleónica.
En 1814 realizó El 2 de mayo de 1808 en Madrid: la lucha con los
mamelucos y El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la
montaña del Príncipe Pío (ambos en el Museo del Prado). Estas pinturas
reflejan el horror y el dramatismo de las brutales masacres que
tuvieron lugar en Madrid durante la guerra a manos de grupos de
soldados franceses y egipcios (mamelucos). Ambas están pintadas, como
muchas de las últimas obras de Goya, con gruesas pinceladas de
tonalidades oscuras matizadas por refinados toques de amarillo, ocre y
carmín.
Al finalizar la guerra de la Independencia, Vicente López fue nombrado
primer pintor de cámara de la corte y Goya quedó relegado por el
estilo más decorativo y amable del pintor valenciano.
El descenso en el número de encargos marcó su evolución a partir de
entonces. De esa época son La última comunión de san José de Calasanz
(1819, iglesia de San Antón, Madrid), uno de sus principales cuadros
religiosos, y la célebre serie de Pinturas negras (c. 1820, Museo del
Prado), llamadas así más por su contenido que por su colorido.
Originalmente estaban pintadas al fresco en los muros de la casa que
Goya poseía en las afueras de Madrid y fueron pasadas a lienzo en
1873.
Destacan, entre ellas, Saturno devorando a un hijo (c. 1821-1823) y
Aquelarre, el gran cabrón (1821-1823). Con predominio de los tonos
negros, marrones y grises, constituyen un amarga denuncia de los
aspectos más oscuros del ser humano y demuestran que su temperamento
era cada vez más sombrío.
Este comportamiento se agravó a raíz de la situación política de
España durante la primera etapa del reinado absolutista de Fernando
VII y el Trienio Liberal (1820-1823), por lo que en 1824 decidió
instalarse en Francia.
En Burdeos trabajó la técnica, entonces casi desconocida, de la
litografía, con la que realizó una serie de escenas taurinas
consideradas entre las mejores de su género.
Aunque realizó una breve visita a Madrid en 1826, murió dos años más
tarde en Burdeos, en la noche del 15 al 16 de abril de 1828. Un año
antes había pintado La lechera de Burdeos (1927, Museo del Prado), una
obra clave en la historia de la pintura que anticipa el impresionismo.
Goya no dejó herederos artísticos inmediatos, pero su influencia fue
crucial en los grabados y en la pintura de mediados del siglo XIX y en
el arte del siglo XX.
A continuación dos fotografías de sus pinturas más famosas que se encuentran en el Museo del Prado. La Maja desnuda y La Maja vestida.