Edouard Manet
Edouard Manet (23 de enero de 1832 - 30 de abril de 1883) fue un pintor francés.
Nacido en el seno de una familia de abolengo, Manet pronto dejó la
carrera naval para dedicarse a la pintura.
Su carrera artística comenzó hacia 1850 en el estudio de Thomas Couture, un pintor en absoluto estrecho de miras como profesor. Allí
estuvo durante casi seis años y, al mismo tiempo, pudo copiar en el
Louvre cuadros no sólo de Tiziano, Rembrandt y Velázquez, sino también
de Goya, Delacroix, Courbet y Daumier.
De Couture aprendió que para ser un gran maestro hay que escuchar las
enseñanzas de los que lo han sido en el pasado, por ejemplo, pero, por
desgracia, el profesor era un antirrealista fanático y convencido.
Enfurecido por las mofas que Manet hacía con respecto al Premio de
Roma, Couture le dijo que nunca llegaría a ser otra cosa que el
Rousseau de su época. Después de esto, Manet hizo su propia síntesis
personal de la historia de la pintura y de lo que podía aprender
viendo grabados japoneses. Y es que el pintor fue siempre un extraño
ecléctico. En este sentido, Bownes se muestra bastante convincente al
demostrar que, de joven, sin llegar a considerarse un innovador, Manet
sí trataba de hacer algo nuevo: Buscaba crear un tipo libre de
composición que estaría, sin embargo, tan herméticamente organizada en
su superficie como los cuadros de Velázquez.
Desde 1853 hasta 1856 Manet se dedicó a viajar por Italia, Holanda,
Alemania y Austria, copiando a los grandes maestros.
En 1859 presentó por primera vez al Salón su Bebedor de ajenjo, un
cuadro que permitía sin problemas adivinar su adoración por Franz
Hals, pero que provocó una turbulenta reacción en el público y en el
jurado, inexplicable sin duda para un Manet que durante toda su vida
lo único que buscó fue el éxito dentro de la respetabilidad.
En los años sesenta, sin embargo, su pintura de tema español, tan de
moda por entonces en Francia, fue bastante bien acogida y en 1861 el
Salón acepta por primera vez un cuadro suyo, el Guitarrista español.
En realidad, Manet nunca fue un impresionista en el sentido estricto
de la palabra. Por ejemplo, jamás expuso con el grupo y nunca dejó de
acudir a los Salones oficiales, aunque le rechazaran. Sus objetivos no
eran compatibles con los de los impresionistas, por mucho que se
respetaran mutuamente.
El tono general de la obra de Manet no es el de un pintor radical del
campo únicamente preocupado por el mundo visual. El es un sofisticado
habitante de la ciudad, un caballero que se ajusta en todo al concepto
decimonónico de dandi: un observador distante, refinado, que contempla
desde una elegante distancia el espectáculo que le rodea. Desde este
punto de vista, Manet concluye el que será, sin duda, uno de sus
cuadros más escandalosos, rechazado en el Salón de 1863 y expuesto en
el de los Rechazados, El almuerzo sobre la hierba.
El reto lo planteaba una realidad contemporánea, los bañistas del
Sena, y la escena estaba reformulada en el lenguaje de los viejos
maestros (el cuadro está claramente inspirado en la Fiesta campestre
de Giorgione), compitiendo con ellos y,al mismo tiempo, subrayando las
diferencias. Las escenas con el tema del ocio en el campo estaban ya
muy enraizadas en el arte occidental y abundaban tanto en las
ilustraciones populares como en el arte académico, pero el cuadro de
Manet pertenece a un orden distinto, desconcertante por la evidente
inmediatez con que se enfrenta al espectador.
Este cuadro obtuvo la repulsa unánime del público y la crítica. sólo lo aceptaron y comprendieron sus compañeros los jóvenes pintores del momento.
Lo que escandalizó no fue el desnudo en sí, sino el modo de presentación con vestimentas modernas y un cuerpo femenino vulgar, lejos de la perfección. Los críticos de hoy dicen que con esta actitud "se hizo evidente la hipocresía moral de la época."
El crítico Ernest Chesneau (que años después sería el mayor entusiasta de la obra de Manet) escribió lo siguiente: "El señor Manet tendrá talento el día en que aprenda dibujo y perspectiva; tendrá gusto el día en que renuncie a los temas que escoge con miras al escándalo... No podemos considerar como una obra perfectamente casta el sentar en el bosque, rodeada de estudiantes con boina y gabán, una joven vestida solamente con la sombra de las hojas... El señor Manet quiere alcanzar la celebridad asombrando a los burgueses."
Sin embargo, pese a la aparente unidad del grupo, cada figura es una
entidad separada, absorta en su propia actitud o meditación, de manera
que ningún tipo de conexión narrativa puede explicar el conjunto. Y
esta sensación de ruptura hace que el cuadro parezca desintegrarse en
una especie de collage de partes independientes que sólo por un
instante se agrupan gracias a su parecido, prestado, con el orden
renacentista.
Pero más escandalosa todavía fue la Olimpia, pintada en 1863 pero no
presentada al Salón hasta 1865, donde naturalmente fue rechazada.
Entre las razones por las que este cuadro iba a resultar chocante no
son las menos importantes el hecho no sólo de que es una clara parodia
de una obra renacentista (la Venus de Urbino), sino también una
flagrante descripción de los hábitos sexuales modernos.
Manet sustituye en él a una diosa veneciana del amor y la belleza por
una refinada prostituta parisina. Pero lo que realmente desconcertó a
los críticos de la época es que Manet no la sentimentaliza ni la
idealiza, y Olimpia no parece ni avergonzada ni insatisfecha con su
trabajo. No es una figura exótica o pintoresca. Es una mujer de carne
y hueso, presentada con una iluminación deslumbrante y frontal, sobre
la que el pintor muestra un perturbador distanciamiento que no le
permite moralizar sobre ella.
Ambas obras entusiasmaron a los pintores más jóvenes por lo que
suponían de observación directa de la vida contemporánea, por su
naturalidad y por su emancipación técnica, y Manet se convirtió así,
casi sin quererlo, en el personaje principal del grupo que se reunía
en el Cafe Guerbois, la cuna del Impresionismo.
En 1867, hacia la época de la Segunda Exposición Universal en Paris,
Manet, muy desalentado por su mal recibimiento en el Salón oficial,
decidió seguir el ejemplo de Courbet unos años antes y dispuso, con su
propio dinero, un pabellón donde presentó cerca de cincuenta obras
sin, desde luego, ningún éxito público.
En el prólogo del catálogo es muy probable que le ayudara su amigo el
novelista Zola porque, de hecho, para su pintura durante toda la
década de 1860, Manet contó con el apoyo escrito de Zola desde su
puesto de crítico de arte para la revista semanal L'Evenement. Bajo
estas circunstancias Manet pintó de él en 1867- 68, un retrato a la
vez extraño y programático.
Ningún pintor del grupo impresionista ha sido tan discutido como
Manet.
Para algunos, fue el pintor más puro que haya habido jamás, por
completo indiferente ante los objetos que pintaba, salvo como excusas
neutras para situar un contraste de líneas y sombras.
Para otros, construyó simbólicos criptogramas en los que todo puede
ser descifrado según una clave secreta, pero inteligible.
Para algunos, Manet fue el primer pintor genuinamente moderno, que
liberó al arte de sus miméticas tareas.
Para otros, fue el último gran pintor de los viejos maestros,
demasiado enraizado en una multitud de referencias histórico-
artísticas.
Algunos creen todavía que fue un pintor de deficiente técnica, incapaz
completamente de conseguir una coherencia espacial o compositiva.
Otros piensan, por fin, que fueron precisamente estos "defectos" los
que constituyeron su deliberada contribución a las drásticas y
enormemente fructíferas transformaciones que introdujo en la
estructura pictórica.
(Basado en textos de Sagrario Aznar Almazán)
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